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FIGURAS HUMANAS Y ARQUITECTÓNICAS por Lourdes Ramos

Según se atribuye al utopista y diseñador Richard Buckminster Fuller, cuando se enfrentaba a un problema de diseño no pensaba en la belleza del resultado, pero “cuando lo termino, si la solución no es bella, sé que está equivocada”. La vieja cuestión de la belleza como resultado de la percepción de las proporciones matemáticas adecuadas, o que esta adecuación viene dada por nuestro entrenamiento cultural, es la pescadilla que se muerde la cola. Cierto es que, desde las antiguas civilizaciones, la medida y la proporción viene dada por la figura humana y las estructuras artificiales que en torno a ella se han construido. Cuando lo artificial se une a lo adecuado, la belleza se percibe desde un momento casi intuitivo.

Percibimos la medida de la humanidad en todas partes (de ahí el fenómeno de la pareidolia, cuando reconocemos rostros y expresiones faciales en objetos), de una manera prematemática, en figuras borrosas que se nos acercan en la niebla o vislumbramos en la lejanía, pero también intuimos sus construcciones en fenómenos naturales muy anteriores al ser humano. Además, de esa manera tan espiral que suele formular la cultura, la geometría arquitectónica se adapta con naturalidad (como decía Buckminster, pero también Euclides, Pitágoras, Kepler o Newton) a la visión armónica que llamamos belleza.
¿No es tan bello como eficiente que el esbozo arquitectónico, esa figura bidimensional en la niebla, nos haga intuir la misma armonía natural que la medida antrópica?

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